Las espirales de la
Quebrada Santo Domingo
Seguimos en la resistencia
![]() |
Espiral con voluta. Fotografía por © Gori Tumi Echevarría López - 2008 |
Víctor D. Corcuera Cueva
Este
primero de noviembre, se cumple 18 años desde que llegamos por primera vez a la
Quebrada Santo Domingo, valle de Moche, La Libertad. En aquel tiempo, conjuntamente
con un grupo de amigos habíamos integrado el colectivo “Capuxaida”, con el cual
investigábamos las posibilidades de nuevas alternativas turísticas para
fomentar la práctica de deportes de aventura en la Región La Libertad. La
práctica del sandboarding, para Trujillo, nacería con este colectivo. Las
primeras dunas recorridas fueron aquellas situadas entre cerro Chico y cerro
Arena, detrás del Apu de la Huaca de la Luna, el cerro Blanco.
A
causa de las limitaciones para el acceso a estas dunas, decidimos buscar otros
espacios. Es en ese contexto que el 1 de noviembre del 2000 llegamos al pie de
una duna de 100 metros de alto, formada por arena de origen eólico, fina y de
textura muy suave, perfecta para el sandboarding. Desde su cima observamos, por
primera vez, uno de los atardeceres más excepcionales que hayamos visto en
nuestras vidas. Al oeste, en el horizonte, el sol tocaba las olas del océano
Pacifico, mientras que al Este los últimos rayos iluminaban las montañas de una
tonalidad rojiza, la misma que se proyectaba en las nubes. Sin embargo, lo más
espectacular de ese instante fue apreciar que, al fondo, en la parte baja de
ese conjunto de montañas, se extendían terrazas, cortadas por los lechos de
ríos secos. Éstas eran de un color rojizo, uniforme, parecía que era la sangre
de las montañas que bajaban hacía el río Moche.
Desde
entonces, quedamos embelesados de aquel espacio, donde el silencio le dotaba de
una atmosfera etérea, limpia y, desde nuestra perspectiva, sagrada. Atraídos
por estas características empezamos a visitar la duna semanalmente, y siempre
desde su cima contemplábamos aquellas terrazas.
A
inicios del 2001, decidimos ingresar a aquellas terrazas. El primer paso que
dimos en aquel espacio fue mágico. Sentimos como si la energía, acumulada por
milenios, circulaba por nuestras arterias, formando una unidad entre las
terrazas, las montañas y nosotros. Para nuestra sorpresa, hallamos un
micro-geoglifo de la forma de una serpiente de aproximadamente 10 m de largo
por 1 m de ancho. Asombrados por la existencia de ese trazo decidimos regresar
la semana subsiguiente para fotografiarlo. Para cuando volvimos, el
micro-geoglifo había sido destruido desde el subsuelo. La maquinaria pesada de
Chavimochic y otras empresas, utilizaban la zona como cantera oficial para
diferentes fines. Desde entonces, de nuestra parte, hicimos lo imposible para
colaborar con el INC-hoy MINCUL-, sin embargo, por razones que desconocemos,
sus reacciones siempre fueron cuestionables.
En
ese contexto, iniciamos una campaña sistemática para su investigación,
conservación y defensa. Uno de los resultados que se logró fue que el INC
coloque el panel que señalaba su categoría, zona arqueológica Quebrada Santo
Domingo. Los materiales arqueológicos investigados abarcaban desde los periodos
más prístinos de nuestra herencia cultural hasta el Intermedio Tardío, Chimú. Evidentemente
los geoglifos se convierten en las manifestaciones arqueológicas más notables
del lugar. Los diseños de éstos son de diferentes temáticas, donde las
espirales son las menos comunes, pero por sus técnicas de manufactura, las más
visibles. De las investigaciones realizadas por Gori Echevarría y Víctor
Corcuera, se tienen espirales, espiral con voluta y triple espiral. Así mismo,
quien escribe, en sus recientes investigaciones ha hallado una cantidad
excepcional de talleres de ocupación Paijanense, así como también, caminos,
muros, y un sistema de control administrativo durante el periodo Chimú.
Hace
un par de años se propuso la creación de un Geoparque para la Quebrada Santo
Domingo, a causa de la importancia geológica que comprende a la zona
arqueológica en relación a su entorno. Asimismo, se reportó –por primera vez-
la flora y fauna de la Loma Ochiputur, la cual es la clave para comprender la
razón por la cual, desde el Paijanense hasta el Intermedio Tardío, aquel
espacio fue ocupado por milenios.
A
pesar de nuestros esfuerzos, la zona arqueológica ha sido afectada seriamente,
ya sea por ser utilizada como cantera, o como botín de traficantes de tierras
para fines agrícolas o de vivienda. No obstante, esta tragedia, hay iniciativas
de carácter institucional e individual que siguen en la resistencia, en
proteger este Paraje, único y excepcional y legarlo a las próximas
generaciones, es un deber moral.
Antes
de concluir deseo nombrar a las personas con quien llegamos por primera vez a
este lugar: Daniel y Melissa Massat, Enrique Plascencia, Pedro Mendez y Luis
Cabrera. Asimismo, destacar la labor de las personas e instituciones que han
empezado a involucrarse en su defensa y divulgación: los caminantes de Rutas Nómadas, quienes son los
actuales guardianes de las Huacas; José Orrillo; y Pablo Namay, investigador social
originario de Laredo. A todos ellos, mis sinceros agradecimientos, hoy y
siempre.
Leer el artículo, versión impresa: Pulse aquí
No hay comentarios:
Publicar un comentario